El tiempo no se pierde como quien extravía una moneda entre las rendijas del sofá; el tiempo se evapora sin hacer ruido, dejando tras de sí un cerco amarillento en la madera y un silencio que pesa más que el plomo. Querer recuperar el tiempo perdido tiene algo de delirio quijotesco, una terquedad parecida a la de intentar devolverle las burbujas a un refresco abierto hace catorce meses en la encimera. Lo miras, agitas el envase con una fe casi religiosa, pero lo que cae en el vaso es un líquido tibio, denso y cargado de una resignación pastosa.
La vida guarda una ironía implacable en los bolsillos. Te pasas años levantando castillos de naipes con la presunción del arquitecto meticuloso: agendas cuadriculadas, proyectos clasificados en carpetas de nombres ambiciosos y la convicción ingenua de que tus textos mueven pequeñas esquinas del mundo. Y entonces, en un martes cualquiera que no anunciaba tormenta ni pedía permiso, la realidad pega un volantazo seco, sin intermitentes. Te saca de la calzada y te deja en la cuneta con las cuatro ruedas girando en el vacío, mirando el techo de tu propia habitación mientras intentas adivinar en qué curva se te quebró el mapa.
Un día escribes, respiras, opinas y existes en la conversación colectiva; al siguiente, la salud y un cúmulo de circunstancias personales deciden bajar los plomos generales de golpe. Sin preámbulos. Fundido en negro.
El apagón forzoso no negocia ni admite reclamaciones. Se instala sobre tu pecho y no se levanta: fría, húmeda, insoportable. Durante más de cuatrocientos días fui una sombra que arrastraba las zapatillas por el parqué, esquivando tazas de café frío y una pantalla apagada sobre la que el polvo tejía su velo paciente. En esa trinchera, la energía es un bien tan escaso que responder a un inocente «¿cómo estás?» exigía el mismo despliegue metabólico que cruzar un desierto descalzo.
La enfermedad y los baches biográficos te arrebatan muchas cosas, pero la más mezquina es la vergüenza. Te convences de que tus manos solo cargan escombros y de que no tienes derecho a llamar al timbre de nadie. Te repliegas para no manchar la alfombra ajena. Y fuera, el mundo sigue con su estrépito de siempre al otro lado de la persiana, ajeno a tu pausa geológica.
Ahí el drama roza el disparate. El aislamiento prolongado te roba el código común — ese idioma invisible de la conversación — y te vuelve torpe: un náufrago que ha olvidado cómo se saluda a su propia especie.
Hace apenas unas semanas me vi en esa encrucijada. Llevaba cuarenta minutos petrificado ante la pantalla encendida del móvil, con el pulso latiéndome en las sienes frente a la ventana de chat de uno de mis amigos más cercanos, con quien llevaba más de un año sin cruzar una sola sílaba. Escribí y borré una decena de sandeces.
Primero intenté el fingimiento cotidiano: «¡Hola! Oye, perdona el retraso, que se me lió un poco la tarde». Catorce meses de «tarde». Como si me hubiera quedado catatónico en el pasillo admirando la fecha de vencimiento de un frasco de legumbres o atrapado en una dimensión cuántica entre el salón y la cocina.
Luego probé con un tono grave, casi fúnebre, que parecía el borrador de un testamento notarial del siglo XIX. También lo borré. ¿Cómo condensar un año de quirófanos invisibles, agotamiento mineral y silencio defensivo sin sonar a tragedia de folletín o a excusa barata?
El cerebro es un verdugo eficiente: la aversión a la pérdida te clava las uñas en la nuca y te obliga a repasar el inventario de todo lo que dejaste escapar. Las conversaciones perdidas, las sobremesas en las que no estuviste, los proyectos que se quedaron momificados en archivos con nombres vergonzosos como «ahorasíquevuelvofinal_v2.docx». Te duele lo que no viviste, pero sobre todo te duele la versión de ti mismo que se desvaneció en el camino: aquel que escribía con soltura, que creía tener certezas y que caminaba con el paso firme de quien no teme tropezar.
Al final, vencido por el cansancio de tanta impostura, opté por la verdad desnuda del absurdo. Hice una foto a un cactus de plástico cubierto de una capa indecente de pelusa que agoniza sobre una balda de mi librería, y la envié con un texto escueto:
—Sigo vivo. ¿Tienes diez minutos? —escribí.
La pantalla tardó menos de diez segundos en devolverme a la tierra:
—Ya pensaba que te habías fugado con un circo ambulante —respondió—. Pon la cafetera.
Ningún reproche. Ningún acta judicial ni petición de explicaciones. Una sacudida directa a las costillas. Porque los lazos de verdad no funcionan como los yogures del supermercado: no caducan en la despensa del olvido. La verdadera amistad jamás mide el cariño por el minutero de las llamadas, sino por la firmeza con la que sostiene el puente cuando al fin te atreves a cruzarlo de vuelta. Y ese puente seguía ahí.
En este año en suspenso he aprendido que recuperar el tiempo perdido es un espejismo tramposo. Los meses que se fueron no están aguardando en la consigna de una estación a que presentemos un resguardo arrugado para que nos los devuelvan intactos. El tiempo que ardió ya es ceniza, y empeñarse en recomponerlo solo sirve para tiznarse los dedos. Lo único que nos queda es plantarnos en la orilla de este día, descorrer las cortinas para que entre la luz de la tarde y volver a posar las manos sobre las teclas, aunque al principio tiemblen.
Regreso a estas líneas con las costuras visibles, con menos dogmas y una saludable dosis de torpeza. Vuelvo a escribir no para saldar deudas con el calendario, sino por la simple necesidad de recuperar la conversación con el amigo que espera al otro lado de la mesa.
A veces creemos que el silencio ha cavado una fosa insalvable entre nosotros y quienes nos quieren, cuando en realidad solo estamos paralizados frente a un cristal delgado que se rompe con un leve toque de los nudillos.
Si tú también arrastras un parón forzoso, si has pasado una temporada esquivando tus propias sombras y sientes que llegas demasiado tarde para reanudar el contacto… créeme: manda esa foto absurda, haz esa llamada torpe y pon la cafetera.
El tiempo se habrá ido, sí; pero la vida sigue sentada a la mesa, esperando a que te sirvas una taza.
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