Las horas del miércoles se deshacían como nieve tibia sobre la lengua: sin dolor, sin rastro.
En el Domo Central era la única tregua permitida: veinticuatro horas en que los conductos destilaban aroma a madreselva y a los supervivientes se les concedía revivir a sus muertos.
Tomás estaba arrodillado sobre el suelo blanco, con la pequeña Irene estrechada contra el pecho. Lloraba con un temblor antiguo, devorando cada segundo antes de que la medianoche borrara su memoria.
—Papá, no te vayas —suplicaba la niña con voz tan dulce que parecía de carne viva.
—Nunca más, mi vida —mintió él, mientras el cronómetro del muro agonizaba.
A las 23:59, la campana aulló. Las rejillas silbaron, listas para la purga química del recuerdo. Tomás cerró los ojos y la abrazó, resignado al olvido.
Sin embargo, el cuerpo entre sus brazos no titiló. Titiló él.
Al caer el filtro del simulador, las manos que estrechaba ya no eran diminutas: eran las de una mujer adulta que lo miraba como se mira a quien se está perdiendo.
Irene se secó las lágrimas verdaderas y apoyó la palma sobre la consola.
—El registro emocional fue perfecto, papá —susurró, la voz rota—. Gracias por seguir creyendo que la muerta soy yo.
Tomás quiso gritar. De su garganta solo brotó un chasquido de estática. Sus dedos de luz azulada se desvanecían en el aire.
Y su hija, la superviviente, lo apagó hasta el siguiente miércoles.
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